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La Sordera De Dios.
Por Alfredo Salibián (*).
Nota publicada por la Agencia de Noticias Prensa Ecuménica.
En la última entrega de Pulso Cristiano
(Año 8, Nº 202; enero 28, 2012) se transcribe un comunicado-convocatoria, dado a
conocer por una de las federaciones de Iglesias evangélicas de Argentina,
dirigida “a la Iglesia del Señor y conforme a su Palabra … para orar por el fin
de la sequía que se registra en gran parte de la Argentina”; el texto (reitera)
que “gran parte del territorio de nuestro país se encuentra en una delicada
situación” a causa de dicho evento ambiental.
Hasta aquí estamos de acuerdo: es real que hay una pronunciada sequía, que la
misma afecta otra vez, una parte importante del territorio nacional y que la
situación es compleja y de cuidado.
Sin embargo, no es aconsejable ni prudente inducir la búsqueda de soluciones en
la oficina equivocada. Porque Dios no tiene nada que ver con la sequía a la que
se hace referencia.
Para aclarar esta afirmación, puede bastar un ejemplo: supongamos que usted,
estimado lector, tiene un familiar diabético, que se descuidó en una comilona,
se olvidó de la dieta que le había indicado su médico. La consecuencia no lo
habrá sorprendido: la concentración de glucosa en su sangre alcanzó límites que
pudieron poner en riesgo su vida.
Pero, ¿de quien es la culpa? ¿Cómo oraría usted a Dios? ¿Se limitaría a implorar
“humilde y denodadamente” por la sanidad del diabético desobediente? ¿O le
pediría que actúe sobre su familiar para que no vuelva a cometer el mismo
desatino que puso en riesgo su vida y la estabilidad de su entorno?
No podemos orar a Dios pidiendo que tenga misericordia, sane y bendiga a nuestro
familiar; él no ignoraba que una comilona no sería “gratis”, que tenía riesgos,
que pagaría por las consecuencias del desarreglo. Es claro que corresponde orar,
pero por el diabético antes que por la diabetes, para que la bendición pedida se
manifieste en la no repetición de una acción que lo perjudica por igual a él y a
quienes lo rodean y lo aman.
Con la sequía pasa lo mismo que con nuestro diabético. Es claro que el causante
y, por tanto, el responsable de la sequía, de la crisis ambiental, no es Dios.
Es más, no tenemos evidencias de que El hasta ahora (3 de febrero) haya
respondido a las oraciones anti-sequía del 10 de enero. Pero el silencio de Dios
no es sordera. Es cierto que esta semana llovió y granizó en varias zonas del
país, pero lo solicitado no fue resuelto; a la sequía se le añadieron desgracias
e inconvenientes adicionales que afectaron a inocentes compatriotas, cordobeses
y capitalinos.
El interés de Dios por nuestro país (y por el resto del Planeta) en lo referente
al clima ya se manifestó hace tiempo. El se preocupó de advertirnos por boca de
los técnicos y científicos, hace varias décadas, sobre lo que nos esperaba si
las acciones y las conductas humanas no se modificaban; esas advertencias para
el futuro de su época hoy se han incorporado al escenario de nuestro presente.
Es bueno que esto se sepa.
Los científicos han ofrecido suficientes evidencias que señalan a los humanos
como los responsables de los cambios climáticos; los climatólogos, meteorólogos,
ecólogos, etc. anticiparon con precisión que iban a ocurrir estos eventos. Ellos
saben cómo se modificará el régimen de lluvias y de temperatura en todo nuestro
país. Las consecuencias de esos cambios son conocidas y un importante número de
ellas están documentadas fehacientemente, desde hace mucho tiempo, y difundidas
en periódicos, Internet, revistas (científicas y de divulgación), etc.
Pero los destinatarios de esa información (políticos, gobierno, economistas,
empresarios, productores agropecuarios, etc.) hicieron caso omiso de esas voces
autorizadas y –por el contrario- trabajaron “denodadamente” para instalar
modelos de explotación de recursos naturales que crearon las condiciones para la
sequía -entre otras consecuencias- que vuelve a preocupar a los dirigentes de la
federación a la que aludimos. Impusieron sus prácticas agrícolas, dañaron la
capacidad de los suelos, abusaron de la extracción de agua y nutrientes, etc.
Así, en último término, la sequía no es más que uno de los resultados esperados
de sus estrategias que, acumuladas en el tiempo y en el espacio, terminan
desencadenando crisis como la que nos ocupa.
Lo que está en discusión no es la despreocupación de Dios por su Creación ni la
ignorancia de quienes han sido bendecidos por el don de la Ciencia. Ni una cosa
ni la otra. Nos preguntamos: ¿no sería una buena idea que los expertos sean
convocados para compartir esa información con la gente de las comunidades
eclesiales?. Así, los hermanos y hermanas de las iglesias serían esclarecidos e
informados: entenderían que la crisis climatológica no es algo mágico cuyos
efectos se revierten con oraciones fervientes, que es consecuencia de modelos e
intereses económicos y políticos, bien conocidos e identificados.
Si la situación climatológica de nuestro país es crítica (sin perder de vista
que también afecta a otros países de la región) corresponde revisar todas las
voces de advertencia a las que no se hizo caso. Los liderazgos eclesiales tienen
un lugar especial y como tales deben asumir su parte de responsabilidad por no
haber cumplido con el deber de haber promovido y hacer audible la voz profética
de advertencia, desde las Iglesias, dirigida a las autoridades, esto es a
quienes tienen la obligación de velar por el derecho humano a un ambiente sano.
En este contexto, pregunto: ¿cuántos mensajes referidos a la mayordomía de la
Creación de los cristianos se han escuchado en su congregación el último año?,
¿cuántas clases de la escuela bíblica fueron dedicadas a pensar en los gritos de
dolor de la naturaleza?, ¿hubo alguien que habló de la soja y de sus efectos
adversos sobre los ecosistemas, la disponibilidad de agua, la biodiversidad y la
seguridad alimentaria? ¿se preguntaron porqué las imágenes de la sequía muestran
ganado muerto en ambientes donde no se ven campesinos?.
En mi opinión, como cristianos nos corresponde pedir perdón a Dios por el pecado
de haber renunciado a nuestra responsabilidad como mayordomos de la Creación,
como custodios de la integridad de la Creación. Deberíamos orar denodadamente
para que la soberbia de los responsables de las acciones que condujeron a esta
particular crisis ambiental, de paso al arrepentimiento y al compromiso de
trabajar para mitigar o remediar los daños que han provocado sus actitudes.
En la Biblia se nos brinda la crónica de un caso paradigmático, el de una crisis
social ligada a otra ambiental. Es el relato del profeta Joel. ¿Cuál fue el
remedio, la solución, que propuso el líder para afrontar la crisis?: “no se
equivoquen, sean auténticos: desgárrense el corazón y no la ropa, no lo
exterior; … vuélvanse a Dios con sinceridad, pidan perdón, lloren, sean
auténticos. Quizás así Dios decida cambiar castigo por bendición” (2 ,14). En
otras palabras: arrepiéntanse en forma genuina, que el azote que padecen sirva
para su renovación, entiendan de una vez que la crisis y el juicio tornarán en
esperanza y salvación si hay arrepentimiento. Dios estaba airado, enojado, de
mal humor.
Pero no es sordo ni ciego; es sensible ante el dolor de toda su Creación (ser
humano + resto de la Creación). Por eso, cuando todo el sufriente pueblo es
convocado en medio de un desastre ambiental (2, 15-16), sus líderes religiosos
gritan en su nombre "Perdona, Señor, a tu pueblo..." (2, 17); es entonces que
Dios muestra que su amor y su compasión por ellos y por toda su Creación está
intacto (2, 18-24).
Por ello me atrevo a declarar que Dios, sin dudas, responderá a las oraciones
que se están solicitando. Lo hará previo arrepentimiento de los responsables del
desastre que, por acción o por omisión, han contribuido a provocar: [“… ustedes
… habrán de reconocer … que yo soy su Dios, nadie más” (2, 27)]. No hay lugar
para otros dioses. Con orar solamente (sin arrepentimiento) no es suficiente.+
(PE)
(*) Alfredo Salibián es Profesor Titular
Emérito de la Universidad Nacional de Luján; ex miembro de la Carrera del
Investigador Científico de la CIC-Provincia de Buenos Aires; Académico de Número
de la Academia Nacional de Farmacia y Bioquímica.
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