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El poder en proceso: la violencia que no se ve
Por Inés Izaguirre
Publicado en Democracia sin exclusiones ni excluídos, compilado por Emir Sader,
Venezuela, Edit. Nueva Sociedad, 1998.


1. Los observables de la violencia

Son varias y diversas las preguntas que nos hacemos apenas se plantea el tema de la violencia en nuestras sociedades. Desde la más aparentemente ingenua acerca de su carácter "innato" o adquirido por el ser humano, hasta las que abordan el problema ético, preguntándose si existe una violencia "mala" o "buena". Todos los intentos de respuesta sobre los que trabajamos se centran alrededor de algunos ejes que vale la pena resumir aquí y que esperamos constribuyan al proceso de su esclarecimiento conceptual.

El primero tiene que ver con el concepto mismo de violencia y su traducción en observables. Como ocurre con todos los conceptos, aún con aquellos cuyo uso cotidiano nos parece que sintetizan hechos "de evidencia directa", tuvimos que admitir a lo largo del encuentro que tampoco para la violencia existen observables directos, por elementales que nos parezcan. Uno de los descubrimientos de la epistemología genética que hace tan sólo veinte años era ignorado por la mayor parte de los científicos, consiste en señalar esta creencia como una de las formas en que se expresa el realismo en la historia de la ciencia. Como lo han mostrado Piaget y García (1984, pág. 23 y ss) un simple registro perceptivo está siempre subordinado a un esquema de acción que supone un conjunto de relaciones. Un hecho "es siempre el producto de una composición de una parte provista por los objetos y otra construida por el sujeto" y la intervención de este último es tan importante que puede llegar hasta una deformación, represión o rechazo de los observables, "lo cual desnaturaliza el hecho en función de la interpretación".

Se reconoce así, en la constitución misma de su conocimiento, la posibilidad de existencia de formas reales de violencia no directamente visibles que, sin embargo operan sobre lo que es esencial al vínculo violento: el sometimiento de una de las partes.

Siempre que se habla de violencia las imágenes dominantes remiten al ejercicio de la fuerza material: los golpes, las armas, los " hechos de sangre", en suma, el "estallido", el combate. De algún modo, estas imágenes suponen la existencia de dos fuerzas que se enfrentan y se miden, que pueden incluso ser dos individuos, pero que de algún modo, realizan una confrontación "entre iguales", como si estos iguales no tuvieran una historia previa, como si no hubiera una relación de poder instalada entre ellos. Estas imágenes son como fotografías de situaciones, que, o bien permanecen desperdigadas al estilo de una crónica de "hechos policiales" sin lograr tomar forma de proceso, o son hilvanadas en un relato imaginario, donde los relatores toman partido, ya sea por el bando ganador, generalmente el "justiciero", que reclama la vuelta al orden que el violento (o el delincuente) han alterado, o por el bando perdedor, que "equivocó el camino" para reclamar justicia, y donde el poder instala, inadvertidamente, la existencia del mal.

La fuerza de estas imágenes encubre la existencia y el funcionamiento de las relaciones violentas más frecuentes y cotidianas en nuestra sociedad, donde no se ve el ejercicio de la fuerza material, y que por ello han sido naturalizadas, normalizadas, porque en ellas uno de los términos está situado en el lugar del poder y la autoridad, a quien el "otro" le debe respeto y obediencia. O sea que la fuerza material se aplicó mucho antes, en el proceso de construcción de la relación.

¿Qué es entonces violencia? La violencia es un vínculo, una forma de relación social por la cual uno de los términos realiza su poder acumulado.

Es en estas relaciones cotidianas donde se produce y reproduce la "violencia invisible", no hablada pero consentida por el temor del sometido que la padece y negada por la complicidad domesticada de la mayoría, que lo victimiza nuevamente cada vez que se atreve a pedir amparo [1].

Tal ocurre con la construcción social misma del género femenino y la negación de sus derechos sobre el cuerpo, como en la violencia discriminadora de los diferentes, ya sean indios, negros, pobres u homosexuales, hasta en la dificultosa y reciente aceptación de los niños como sujetos de derecho. Estas formas de violencia sistemática sobre los cuerpos más vulnerables revelan siempre la existencia de una relación jerárquica y desigual socialmente aceptada, o sea que tiene una génesis y una historia. Este constituyó el segundo eje resultante del análisis.

Una tercera problemática común remite a otro componente esencial de la relación violenta, que está presente en la violación, como forzamiento y negación de la voluntad del otro que se resiste a ser vulnerado, que es negado como individuo o como persona mediante el uso de la fuerza material, lo que permite entender por extensión los efectos de aquellas relaciones donde se niega o se cercena en el otro la posibilidad de elegir o decidir, es decir, donde se niega su derecho a existir como disidente o diferente. Este núcleo de las relaciones de poder y violencia constituye a su vez el núcleo del fascismo, cuando esa negación alcanza a los cuerpos portadores de las diferencias, y está en el origen del genocidio.

Aguiar (1996) ha despejado una confusión habitual entre los conceptos de agresión, que remite al ámbito de las pulsiones individuales, que se objetiva en una conducta defensiva y direccional positiva, restauradora del equilibrio interno del sujeto, orientada a "devolver el golpe" sobre quien interpreta que lo ha dañado, y de violencia, que refiere a un vínculo de poder, a un lazo social que se basa en la fuerza, y que, como dijimos antes, es jerárquico y desigual. La diferencia de significados ya está planteada en la etimología, que nos habla de la historia de las palabras: agresión, de origen griego, significa en su raíz "agreste", salvaje, grosero, y de allí propio del "agro", no urbano, no civilizado. Violencia en cambio ya es palabra latina, cuya raíz "vis" o "vir" significa fuerza. [2] Ya en su origen, "vis" forma parte de palabras con significados aparentemente contrapuestos, como la ya citada "violación", y como "virtud", que nos habla de la fuerza de ánimo, del valor, de la fuerza moral. Tal como lo ha señalado Eva Giberti (Cfr. nota 1), esta doble significación también se encuentra en la cultura griega clásica, donde la "fuerza" podía significar alternativamente violencia, fuerza material (raíz que está presente en "feroz") y que era el significado dominante en Esparta y la fuerza del saber, de la palabra, del crecimiento ( que está presente en "frase" y en "feraz"), que era el sentido dominante en Atenas.

Decimos que sólo aparentemente se trata de significados contrapuestos porque lo que esa historia del concepto descubre es la escisión que nuestra cultura, en sus vertientes grecolatina y judeocristiana introduce en la noción del cuerpo del hombre: entre un cuerpo (material) y un alma o una psique (no material), entre el yo y el cuerpo, como si uno fuera concebible sin el otro. En ambas instancias es posible y se verifica la presencia de fuerza, de fuerza material.


2. Poder y violencia. La energía de los cuerpos.

Con la emergencia del capitalismo se objetiva por primera vez esa escisión, a través de la cual la crítica de Marx hace observable la emergencia de "lo social" : El cuerpo individual es conceptualizado como sede real y teórica de la energía transformadora de la naturaleza humana y no humana: la energía, capacidad o fuerza de trabajo. Esta no es mera fuerza muscular-nerviosa, sino energía dirigida hacia su objeto, cuyo resultado es previamente representado, reflexionado, y comunicado por medio de un espacio corporal de alta especialización: el cerebro humano. Este es resultante, tal como lo conocemos hoy, de un largo proceso de intercambio y confrontación con otras especies en el que también ha intervenido el azar (Monod, Jacques, 1971 y Jacob, François, 1973). El desarrollo de la producción capitalista y la especialización de conjuntos de cuerpos - y de relaciones - que la misma genera hacen observable por primera vez el ejercicio de dicha fuerza en condiciones masivas de dependencia material entre los hombres. Ese conjunto de vínculos sociales mediante los cuales esa fuerza dirigida produce y transforma cosas es una construcción de larga data, cuya reiteración prolongada ha devenido en nexos in-corporados, es decir, puestos en el cuerpo de los hombres.

Su fuerza (material), su "materialidad" deviene precisamente de ese doble carácter: por un lado se trata de vínculos mediados por cosas, y por otro de esa in-corporación, tan "automática" que su carácter real de dominio-sujeción no pasa por la conciencia de los hombres, sino bajo la forma de "ideas" que le aparecen como un poder ajeno, cuya fuerza, "y la fe en la eternidad de tales ideas... es consolidada, nutrida, inculcada de todas las formas posibles por las clases dominantes". (Grundrisse, tomo I, parágrafo 81, p.92)

Tal como señala Marx en el siglo XIX, y tal como hoy se hace más que nunca visible, las condiciones materiales y sociales de existencia de los cuerpos humanos no son homogéneas para el conjunto de la especie, escindida entre la clase de los apropiadores, que lo son no sólo del trabajo excedente sino de la fuerza potenciada que produce la cooperación entre los otros cuerpos, los cuerpos productores de valor, tratados como cosas y despojados por tanto de su poder.

El proceso de "cosificación" de los cuerpos productivos se intensifica con el desarrollo capitalista, al punto que muchos de estos cuerpos productivos son hoy solamente "cuerpos sobrantes", a los que el sistema no da cabida. El capital fue desde el inicio el gran "nivelador" que transfirió a la máquina en primer término las cualidades más específicamente humanas de los cuerpos productivos: las "operaciones inteligentes" ( Marx, K. El Capital, tomo I, cap. XIII), antes que los movimientos que ahorraban fuerza muscular, proceso que objetiva la expropiación creciente del poder de una parte de la especie humana por otra.

Estos conjuntos humanos deben ser considerados en su doble aspecto: el de la energía material potenciada por el conjunto y apropiada por el capital y el de la reflexión, que también es potenciada por las condiciones de conjunto y que, cuando logra romper su dependencia y constituir su autonomía en el territorio de la lucha política y de la lucha teórica, es constitutiva de conciencia social, y productora de fuerza propia, moral y material.

Al hacer observable el espacio del valor y las relaciones sociales que lo constituyen, Marx descubre el ámbito de lo social, que no está regido por las leyes de la "naturaleza" como algo totalmente distinto del mundo de lo humano, sino que tiene especificidad: la legalidad natural/social. Avanza también en la constitución del espacio del poder, como contrapartida del valor, si bien todavía el concepto no está desagregado de la cosa que lo expresa: se refiere a él como el poder social de la mercancía, que se transfiere a sus propietarios. Cuando Marx habla del poder social de la mercancía (Grundrisse, tomo I, parág. 75 y 76 ) está haciendo referencia a la materialización de las relaciones sociales de dominio en el ámbito del valor, a su cosificación, que aparecen a la conciencia de la mayor parte de los hombres como "propiedades materiales de las cosas" - del dinero, por ejemplo- cuando son sólo expresión de relaciones sociales entre los propietarios y los no propietarios de esas cosas. Atributos simbólicos que tienen la fuerza de un poder ajeno, exterior a los hombres, magistralmente analizado en el Capital, en el famoso parágrafo sobre el "fetichismo de la mercancía", y anticipado varios años antes en el Manuscrito sobre "El trabajo enajenado".

Así como el valor es una resultante de una relación de fuerzas (fuerza de trabajo vivo = cuerpos / fuerza de trabajo muerto = capital) del mismo modo lo es el poder. Y si bien el proceso social aún no lo hace visible, Marx sienta las bases teóricas para su posterior conceptualización: Sin trabajo vivo - sin cuerpos - no hay plusvalor, ni valor, ni poder.

Si la teoría logró objetivar las instancias que constituyen el "espacio del valor", no ha pasado todavía lo mismo con las instancias que constituyen el "espacio del poder".

El poder es fuerza, fuerza material. Es por lo tanto una dimensión de todas las relaciones sociales: hoy lo sabemos, después de Foucault. Pero todavía es muy difícil verlo. Sólo localizamos ciertas "cosas" o ciertas personas cuyo atributo sería el poder: La principal es el Estado, expresión máxima de la concentración del poder - y la fuerza - en la sociedad, y que, tal como hoy lo conocemos es el resultado de un largo proceso histórico de constitución de las territorialidades en las sociedades occidentales capitalistas [3], bajo la forma del estado-nación, o las armas, reificadas por un pensamiento "militarista" simplificador de origen burgués pero también de uso en el campo revolucionario, en un ejemplo casi puro de fetichismo de un objeto al que se le atribuye "poder" [4] .

Del mismo modo, aunque con una tradición todavía más antigua, el poder aparece como un atributo de ciertas personas -en general aquellas que detentan el uso orgánico de los aparatos de poder, desde el "monarca" hasta las cúpulas de gobierno - o de su articulación, como las fuerzas (armadas). La fuerza (material) con que se imponen estas imágenes, construídas en el territorio del pensamiento político dominante constituye un obstáculo para su reflexión.

Lo que no se ve, lo que no ha logrado objetivarse sino en forma muy embrionaria, es que todos esos referentes concretos de poder son una resultante de procesos constituídos por cuerpos humanos, y que, del mismo modo que sucede con la constitución del valor, la constitución del poder también tiene su sede en territorio corporal. Marx sienta las bases de un enorme avance teórico al enunciar , ya desde el comienzo de su tarea crítica, la teoría de la lucha de clases, y descubrir los "lugares" cuya articulación produce poder material: el ámbito (corporal) de la reflexión (la teoría, el arma de la crítica, la conciencia) y el ámbito de las "armas" materiales.

"Cierto es que el arma de la crítica no puede suplir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que ser derrocado con el poder material, pero también la teoría se convierte en un poder material cuando prende en las masas. Y la teoría puede prender en las masas a condición de que argumente y demuestre ad-hominem, para lo cual tiene que hacerse una crítica radical. Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo."( Marx K., 1843-44, 1982, tomo I, pág. 501-2)

Pero, ¿ Cuál es entonces el espacio teórico de la violencia, y en qué se diferencia del espacio del poder? Parece claro que la relación de poder es una resultante de una situación inicial de violencia, o de amenaza del uso de la violencia. Que hay violencia cada vez que se destruyen - con cuerpos, con armas - relaciones sociales establecidas, pero también cada vez que se construyen en su lugar nuevas relaciones, que no sólo impiden reconocer la situación anterior, sino que producen nuevos lazos de heteronomía y obediencia.


3. Confrontación y toma de conciencia

Cuando el nuevo sistema de vínculos ha logrado in-corporarse, im-ponerse, ser reconocido o consensuado, cuando el disidente o el resistente han sido derrotados y se ha dispersado su fuerza, hablamos entonces de una nueva situación de poder. Entramos entonces en un período de "paz" más o menos estable, en que la violencia experimentada ya no se ve, porque en el nuevo orden la resistencia pasa a ser "delito". Entre otras cosas, porque el "nuevo orden" es la construcción de una nueva legalidad y de una nueva "justicia". En nuestras sociedades capitalistas, la visibilidad de las acciones humanas recorre el cuerpo social desde arriba hacia abajo, y es el resultado de una larga construcción histórica que focaliza siempre la mirada sobre las clases subordinadas. Es ese mismo proceso el que invisibiliza los actos de quienes acumulan poder (Foucault, 1976). Su impunidad (su no-delito y, por lo tanto su no-castigo) es el equivalente de su poder [5]. Si la lucha entre fracciones dominantes en cualquier ámbito llega a hacer observables las infracciones o los delitos de alguna de ellas, sus intelectuales orgánicos elaborarán el discurso que las eximirá de culpa o atenuará la gravedad del hecho: amplio espectro que cubre el continuo que va del "error" al "exceso" en el cumplimiento de órdenes [6]. En todo caso la admisión del delito dependerá de la correlación de fuerzas entre las fracciones en pugna. Habitualmente el conflicto se resuelve responsabilizando a los individuos, es decir, negando la "responsabilidad institucional" o del grupo de pertenencia. ¿ Cuáles son las condiciones de producción de ese poder y de su conocimiento ? Son la confrontación, la lucha, la resolución por el enfrentamiento entre fuerzas sociales. La lucha de clases - y su teoría, y su conocimiento - no implica siempre ni necesariamente la existencia de combates, ni de cuerpos materialmente armados, los que pueden existir o no, y son un momento, un estadio de realización del poder acumulado, pero sí supone la existencia de cuerpos moralmente armados. Cuando uno de los bandos contendientes, que puede ser un individuo, se siente atacado, expropiado o invadido en su territorialidad social, se producen alineamientos sociales alrededor del eje de disputa, frente al cual se movilizan o toman partido las distintas fracciones sociales, que tienden a articularse en dos grandes fuerzas con estrategias de clase antagónicas [7] .

De esa experiencia de lucha, de la reflexión sobre esos enfrentamientos es que se toma conciencia del propio poder, y del poder antagónico: se aprende, se conoce de ambos. O sea, no hay poder sin enfrentamiento, pero tampoco sin conocimiento. Y tampoco hay conocimiento sin confrontación (de realidad y teoría). Por eso el conocimiento no es un proceso lineal.

Hoy sabemos cómo se produce - o se aborta - ese proceso de conocimiento a nivel de los individuos.

Hace tan sólo 20 años Piaget (1976) logra describir y verificar empíricamente los estadios del proceso de interiorización y conceptualización de las acciones humanas, la "toma de conciencia" de los individuos acerca de sus propias acciones.

El primer estadio de conocimiento de las acciones realizadas, tiene que ver con la asimilación de dichas acciones a los procesos orgánicos , a los esquemas corporales y mentales previos. Pero el sujeto no tiene conciencia de la existencia de tales esquemas: el conocimiento se produce en la periferia del sujeto y del objeto, en la interacción entre los dos: hasta aquí se trata de un conocimiento práctico, de coordinación entre movimientos corporales, del "saber hacer" por oposición al concebir ( Piaget, 1976, pág. 260).

En un segundo estadio, de interiorización de las acciones realizadas , éstas son "consideradas por ellos, y asimiladas más o menos adecuadamente por su conciencia como si se tratase de relaciones materiales cualesquiera situadas en los objetos: de ahí la necesidad de una construcción conceptual nueva para darse cuenta de ello..." (idem, cursiva nuestra).

Es muy notable en este texto la analogía entre el proceso cognitivo descripto por Piaget y el proceso de conocimiento fetichista, anticipado más de un siglo antes por Marx.

Piaget señala las dificultades que le producen al individuo los conflictos entre esa toma de conciencia inmediata, que responde a la pregunta sobre las acciones propias o exteriores al sujeto, y la existencia de ideas tenaces previas, sean concientes o inconcientes, que son contradictorias con ese embrionario o incompleto proceso reflexivo (idem, pág. 263).

En síntesis, el mecanismo de la toma de conciencia se muestra en todos los casos como un proceso de conceptualización. El estadio superior de esa conceptualización se alcanza alrededor de los once o doce años: es el estadio de la abstracción reflexiva, o de exteriorización, en el que la toma de conciencia se prolonga en una reflexión del pensamiento sobre sí mismo, "lo que significa que el individuo ya es capaz de teoría". En todos los casos, el proceso de la toma de conciencia no se desarrolla aprendiendo a conocerse el individuo, sino actuando sobre los objetos, y no siendo éstos cognoscibles sino en función del progreso de las acciones ejercidas sobre ellos y la posterior reflexión sobre esas acciones.

De ahí procede el "acuerdo" entre el pensamiento y lo real, ya que "la acción procede de un organismo que es, a la vez, un objeto físico entre los demás , y la raíz del sujeto que actúa y luego piensa". (idem, pág. 274, cursivas nuestras) Nuevo punto de contacto entre Piaget y Marx, en relación con la importancia de la praxis en el proceso de toma de conciencia.

Y nueva luz también sobre el proceso progresivo de invisibilidad del poder y la violencia: Cuando ha pasado el momento de mayor densidad de aplicación de la fuerza material, y el uso de la fuerza está distribuído, fragmentado, "diluído" a lo largo de distintos tiempos y espacios, cuando la densidad de aplicación es menor sobre cada "fragmento" de conducta, el resultado (neurológico, psicológico, corporal, grupal, social) es el acostumbramiento, la "naturalización", y por lo tanto la no visibilidad, el no registro, la in-corporación. He allí el secreto de la disciplina.


4. El poder-saber disciplinario: La violencia que "no se ve".

Para la misma época que Piaget, en un ámbito intelectual próximo pero diferente, Foucault realiza sus investigaciones arqueológicas sobre los "saberes" que ha ido construyendo la burguesía a fin de resolver su problema de dominio: cómo disciplinar los cuerpos explotados recurriendo sólo en pequeñas dosis a la violencia física directa, cómo lograr que hagan "naturalmente", automáticamente, lo que es necesario que hagan.

El resultado de su búsqueda es la identificación de las "disciplinas", de los saberes prácticos de normalización que maximizan la utilidad de los cuerpos con el mínimo esfuerzo. Todas esas disciplinas han cristalizado en instituciones de vigilancia y "secuestro" cuyo funcionamiento pleno ya encontramos en el siglo XVIII: la fábrica, el cuartel, la escuela, el hospital, el manicomio, la cárcel. La constitución de esos "saberes prácticos" es resultante de un largo proceso de ensayo y error en las acciones sobre los cuerpos sometidos, por eso no se trata de saberes jerarquizados en el nivel de las ciencias sino de conocimientos de envergadura menor, detenidos, cristalizados en el punto en que se obtuvo la realización de la meta práctica de dominio: atemorizar e inhibir al posible delincuente, ordenar hasta el automatismo los movimientos del soldado, aislar al enfermo o al diferente, maximizar el empleo de la energía corporal en la producción, del modo más económico posible y durante el mayor tiempo posible, agrupar y entrenar a los párvulos en las reglas de la vida cotidiana. Son las formas históricas concretas que asumió la violencia de los "señores" en las confrontaciones con los cuerpos subordinados: destruir las viejas relaciones sociales y simultáneamente producir las nuevas.

El supuesto es que los cuerpos no disciplinados pueden ser subversivos, rebeldes, inmanejables sobre todo en grandes cantidades. (Foucault, 1976) Son las reglas disciplinarias que completan la función del orden jurídico , que "contiene" y delimita al poder, y que ha sido resultante de otras confrontaciones, en las que la clase de los cuerpos ahora en proceso de disciplinamiento fue derrotada y sometida.

Para Foucault, como para Marx, el orden jurídico expresa una correlación de fuerzas y por lo tanto un "estado del poder": es el resultado del triunfo y la consolidación del dominio de las burguesías sobre el resto de la sociedad, pero también de las alianzas cambiantes que estas burguesías deben hacer en cada período con el resto de las fracciones sociales. Los intercambios que ahora parecen "pacíficos", la "negociación entre iguales", el " espacio del mercado", son la resultante de un pasado de confrontaciones violentas. ¿ Quién tiene presente la violencia material que operó en el origen de estos ámbitos de relaciones sociales?. Cada una de esas instituciones de secuestro ha producido un cierto conocimiento empírico sobre la conducta humana. Hay un "efecto de verdad" que el poder produce y transmite, y que a su vez lo reproduce ( Foucault, 1992, pág. 23 y ss). Se trata de un saber intersticial, fragmentario, adherido a los objetos, que funciona como obstáculo a la toma de conciencia de la propia autonomía y en general como obstáculo al conocimiento de lo real: son las "ideas tenaces" de que hablaba Piaget. Es el fetichismo del que hablaba Marx. Son las ideas y representaciones dominantes, el ámbito de lo "ideológico" por oposición al conocimiento riguroso.


5. El modelo de la confrontación en las ciencias humanas

Los procesos de normalización implementados desde el poder siguen construyendo todos los días territorios de consenso donde el objetivo es producir el olvido o la demonización de la violencia disidente, la que cuestiona al poder establecido, y sustituirla por la historia oficial de la glorificación y la justificación de las violencias producidas por ese poder [8].

Así como para Marx el poder es la contracara del valor, el "saber" de que nos habla Foucault se instituye como contracara del poder, como paquete tecnológico que hace posible su ejercicio. Pero también, como dirían Piaget y Marx, es la resultante de una confrontación permanente entre la abstracción reflexiva - la teoría - y la realidad.

Se trata de dos "saberes" diferentes: el saber que se construye para disciplinar al sometido, y el conocimiento que puede construir el sometido para recuperar su autonomía.

El modelo que hace inteligible el análisis del poder es, del mismo modo que el que hace inteligible al valor, el modelo de la relación de fuerzas, del enfrentamiento, de la guerra.

También para Freud, el creador del psicoanálisis, la guerra es el modelo de funcionamiento de la subjetividad humana. El "trabajo" del análisis consiste en descubrir y "desarmar" las estructuras de dominio social/familiar represoras que cada sujeto ha in-corporado desde sus primeras experiencias de vida y que, en ciertas condiciones, se resuelven como enfermedad del cuerpo.(Freud, 1993, tomo XVIII, pág. 7 y ss y 1992).

En otro nivel de organización corporal, el del sistema nervioso central, la neurofisiología ha verificado cómo el funcionamiento del cerebro humano responde a un modelo del mismo tipo:

Cualquier amenaza o peligro externo al sujeto que impida la satisfacción de una necesidad endógena o exógena, se resuelve en una serie de respuestas hormonales que estimulan la acción, la lucha o agresividad defensiva. Si ésta es reprimida y la acción no es recompensada, se produce la huída, y si ésta resulta ineficaz o imposible, se desencadena otra serie de respuestas hormonales que generan el sindrome de inhibición de la acción, cuya persistencia a lo largo del tiempo, provoca baja de las defensas orgánicas y aparición de enfermedades. (Laborit, 1986, pág. 43 y ss). El problema de las "somatizaciones" entonces, se hace inteligible como el problema de los conflictos no resueltos que se inscriben en el cuerpo. El uso del cuerpo como territorio de la represión busca esos mismos efectos.

Si vinculamos todos los avances teóricos que desde Marx en adelante hemos tratado de ir señalando en nuestro trabajo y en los que está involucrado el cuerpo de los hombres, vemos cómo la especie humana, lentamente, va recorriendo los caminos del conocimiento de su propio ser social, de su ser orgánico y de su subjetividad. Hoy sabemos que el dominio ejercido sobre el cuerpo de los hombres tiene una larga historia, y que el éxito del poder que lo somete se basa en una permanente fragmentación: entre cuerpos "necesarios" y "sobrantes", entre cuerpos sometidos y cuerpos "armados", entre clases propietarias y explotadas, entre cuerpo-organismo y cuerpo-subjetividad, entre yo y cuerpo, entre sujeto y objeto, entre individuo y sociedad, entre individuo y grupo, entre la acción y la reflexión.

Mantener esas escisiones implica un ejercicio permanente de violencia: en el inicio es violencia visible, despliegue de fuerza material. Luego se hace violencia no visible, cotidiana, recurrente, violencia moral y material en pequeñas dosis que producen acostumbramiento y anestesian la capacidad de reacción.

El último descubrimiento empírico de esos saberes disociadores es la producción deliberada y masiva del terror que paraliza, primero en grandes dosis y luego en pequeñas dosis continuas, que prolongan sus efectos sobre grandes masas y generaciones sucesivas, reforzando las tendencias arcaicas de muerte y repetición. De todo lo cual nuestro siglo, el siglo de los genocidios, presenta variadas experiencias de las que Argentina ha sido, en años recientes, laboratorio conspicuo. El resultado son nuestras sociedades apáticas, disociadas, injustas, escindidas, sometidas a un poder cada vez más corrupto, excluyente e impune. De quienes trabajamos en ciencias sociales somos todavía muy pocos los que estamos haciéndonos cargo de investigar esos procesos [9].

Afortunadamente nunca el poder es totalmente hegemónico, y siempre se producen focos resistenciales. Es tarea de resistencia abatir esa violencia moral y material del poder que excluye y oponerse a su banalización, una de los rasgos más notorios de nuestro desarme intelectual. Y es tarea de confrontación de una ciencia social progresiva abatir a los ideólogos de la adaptación que, con ropaje "cientista" y "democratista" son beneficiarios de una teleonomía construída sobre el aniquilamiento.

El registro de la violencia a la que estamos sometidos pasa por su re-conocimiento, y como todo conocimiento éste es tributario de la experiencia. Toda situación de poder que naturalice la desigualdad y banalice la impunidad es una situación de violencia permanente, una violencia "mala", que nos escinde como miembros de una especie humana única, que transforma una porción de sujetos en objetos. Frente a ella es necesario ejercitar una violencia positiva: la que permite construir nuestra autonomía resistiendo los embates, por pequeños que sean, del poder excluyente. Esto es, recuperar nuestra humanidad.


Inés Izaguirre
Miembro de Mesa Directiva de la APDH
Socióloga. Docente e Investigadora del Instituto "Gino Germani", Facultad de Ciencias Sociales. UBA y CONICET.
Uriburu 950, 6o. piso (1114) Buenos Aires. Argentina.


Bibliografía citada

Aguiar, Elina: Violencia y pareja, trabajo presentado en el Taller de Violencia Social y Derechos Humanos, II Jornadas de Sociología de la UBA, noviembre de 1996.(En prensa, cfr.nota 1)

Elías, Norbert: El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México, Fondo de Cultura Económica, 1987.

Foucault, Michel: Vigilar y castigar, México, Siglo XXI Editores, 1976.

Foucault, Michel: Genealogía del racismo, Buenos Aires-Montevideo, Ed. Altamira y Nordan-comunidad, 1992.

Freud, Sigmund: "Más allá del principio del placer" en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1993, tomo XVIII.

Freud, Sigmund: El malestar en la cultura, Buenos Aires, Alianza Editorial, 1992.

Izaguirre, Inés: Pensar la guerra. Obstáculos para la reflexión sobre los enfrentamientos en la Argentina de los 70, en Irma Antognazzi y Rosa Ferrer (compil.) "Del Rosariazo a la democracia del 83", Escuela de Historia, Facultad de Humanidades y Artes, UNR, 1995.

Jacob, FranÇois: La lógica de lo viviente (Una historia de la herencia) , Ed. Universitaria, Santiago de Chile, 1973.

Laborit, Henri: La paloma asesinada (1983), Barcelona, Edit. Laia, 1986.

Lenin: Informe sobre la revolución de 1905 (1917), en Obras Completas, Moscú, Edit. Progreso,1985, tomo 30.

Marín, Juan Carlos: La noción de polaridad en los procesos de formación y realización del poder, Bs. Aires, Cuadernos de CICSO, Serie Teoría No. 8, 1982.

Marín, Juan Carlos: Conversaciones sobre el poder. (Una experiencia colectiva ), Buenos Aires, Instituto de Investigaciones "Gino Germani", Fac.de Cs. Sociales, oficina de publicaciones del Ciclo Básico común, diciembre de 1995.

Marx, Karl: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse, 1857-1858), Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1971, 2 tomos.

Marx, Karl: El Capital, México, FCE, 1973, 3 tomos.

Marx, Karl: En torno a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Introducción, Escritos de juventud (1843-44), Obras fundamentales, tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, 1982.

Monod, Jacques: El azar y la necesidad, Barcelona, Caracas, Barral Editores, 1971.

Piaget, Jean y colaboradores: La toma de conciencia, Madrid, Edic. Morata, 1976 (La primera edición en francés es de 1974).

Piaget Jean: El criterio moral en el niño, Barcelona, Editorial Martínez Roca, 1984.

Piaget, Jean y García Rolando: Psicogénesis e historia de la ciencia., México, Siglo XXI editores, 1984.

Weber, Max : Economía y sociedad, México, FCE, 1964.Reflexiones después de la lectura de las ponencias.
 


Notas

[1] Estas reflexiones están planteadas en la Introducción de mi autoría al volumen colectivo "Violencia social y Derechos Humanos", y resumen las conclusiones de las ponencias presentadas al Taller del mismo título realizado en el marco de las Segundas Jornadas de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, en noviembre de 1996. El volumen está actualmente en prensa.

[2] Encontramos en griego una raíz similar "übris" donde todavía permanecen unidos todos los significados que luego formarán parte de las diversas denotaciones del concepto en nuestra lengua: violencia, insolencia, exceso y ultraje. (Bailly, A. "Dictionaire grec-français", Hachette, París 1950, pág.1982).

[3] Max Weber ha señalado de modo preciso que una de las dos principales instituciones constitutivas de la organización social a la que llamamos "Estado" es el monopolio del ejercicio físico de la violencia en un territorio dado. La otra es el cuadro administrativo ( Weber,Max, tomo I, pág. 43 ). A su vez Norbert Elías ha tratado de hacer visible la sociogénesis del Estado tal como hoy lo conocemos, ese proceso "civilizatorio" concentrador del uso de la violencia y de sus instrumentos , partiendo de un período de nuestras sociedades en que dicho ejercicio era privilegio de una clase de guerreros rivales libres.( Norbert Elías, p. 51)

[4] Y que podemos reconocer en una frase a menudo enunciada en el campo de la lucha armada anticapitalista : "El poder nace de la boca del fusil" , que sintetiza un nivel de confianza ingenua, de raíz positivista, en que el que tiene más fuerza es el que tiene más armas. La guerra de Vietnam es quizás el mejor ejemplo de la falsedad de ese enunciado. Cfr. Marín, Juan Carlos," La noción de polaridad..." , 1981, cap. 5, pág.39 y ss. y del mismo autor, " Conversaciones sobre el poder...", 1995, especialmente cap. 1 y 3.

[5] Esta equivalencia de poder e impunidad fué enunciada (no casualmente) en una entrevista periodística realizada en el mes de mayo último, por el poderoso empresario de Argentina Alfredo Yabrán, sobre quien recaen las sospechas de haber ordenado el asesinato del periodista gráfico José Luis Cabezas, producido en enero de 1997. Las investigaciones periodísticas sobre Yabrán han mostrado que el personal "de seguridad" de sus empresas está gerenciado por ex torturadores de la dictadura militar argentina.

[6] En Argentina esa "teoría" argumentativa, entre otras, es la que fundamentó las leyes que otorgaron inmunidad e impunidad a los militares comprometidos con el genocidio llevado a cabo durante la dictadura militar entre 1976 y 1983. En todos los casos se trató de desculpabilizar a la corporación militar, y mucho más aún a sus verdaderos mandantes, el gran capital concentrado (Izaguirre, 1995)

[7] Marx [(1852) 1955] es el primero que analiza y hace observables estos comportamientos sociales mientras se desarrollan las jornadas revolucionarias de 1848 en Francia que culminan en 1851 con el golpe de estado de Luis Bonaparte. A la fuerza que defiende los intereses de la burguesía la llama "el partido del orden", y a la que se le opone "el partido del proletariado", o "de la revolución". Vuelve a retomar dicha conceptualización en sus trabajos sobre la Comuna [(1871) 1955] que serán luego revisados por Lenin para comprender los procesos revolucionarios de 1905, así como los inmediatamente anteriores a la Revolución de octubre (1985).

[8] Recordamos un caso exitoso de "normalización" de un proceso genocida, y es el que tuvo lugar en Estados Unidos a partir de la derrota de Viet Nam. La protesta social que se levantó en el pueblo norteamericano a medida que se acercaba el desenlace de la guerra, sumado a la condena internacional de las acciones bélicas a partir de las denuncias hechas por el Tribunal Russell, comenzaron a ser encubiertas y desplazadas desde el gobierno por las imágenes triunfalistas de la segunda guerra mundial. En menos de una década, las imágenes sobre Viet Nam habían cambiado, y se había preparado el "clima" adecuado para una nueva guerra, que conduciría el gobierno de Reagan.
Más recientemente (1988), en el contexto más acotado del mundo académico de las ciencias sociales en Alemania, se ha producido una fuerte polémica llevada adelante por Habermas contra un grupo de historiadores que están intentando "revisar" el período nazi, en un verdadero intento de "normalización", cuyo eje principal consiste en relativizar los hechos del pasado, equiparándolos a otras guerras y tratando de encubrir la atroz singularidad de los campos de exterminio. (Torpey, 1989)

[9] Todos los programas de investigación que llevamos adelante en el Area de Conflicto y Cambio Social del Instituto Gino Germani (FCS, UBA) están dirigidos a su conocimiento. Dichos programas son el PI.CA.SO., Programa de Investigación en Cambio Social, dirigido por Juan Carlos Marín; el PECOS, Programa de Estudios sobre el Control Social, dirigido por Juan S. Pegoraro y el Programa de Investigaciones en Conflicto Social que incluye los proyectos sobre Las luchas sociales en Argentina y El Genocidio en la Argentina, dirigidos por Inés Izaguirre.

 

 

         
       


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